Septiembre 2010
Chile ha sido conmovido por una impactante noticia en los últimos días. Producto de un derrumbe en una localidad minera en el norte del país, quedaron atrapados 33 mineros a más de 700 metros de profundidad. <strong>Dr. Mario Uribe, Editor.</strong>

Al principio, como en toda crisis, la información era incompleta y discordante. Se pensaba que habían muerto inmediatamente o que lo harían a medida que los días iban transcurriendo.
Pasaron 17 días hasta que se logró hacer el contacto a través de un tubo de 15 centímetros de diámetro y 700 metros de profundidad por el cual se introdujo una sonda y posteriormente una cámara de video. Antes de lograr hacer el contacto señalado, se obtuvo indicios de que algunos estaban vivos ya que la sonda de perforación presentaba una zona pintada de rojo. Al inspeccionarla se comprobó que había además un mensaje, envuelto en plástico y protegido por gomas, que decía textualmente “estamos vivos en el refugio los 33”. Es decir todos los obreros estaban a salvo. La alegría que desencadenó este mensaje fue inmensa. Todo el país, la comentaba y celebraba. Hubo manifestaciones públicas similares a los grandes, y siempre escasos, triunfos deportivos.
Actualmente se tiene contacto diario con los mineros, se les ha entregado hidratación, alimentos, fármacos y sistemas de entretención entre otros. La espera será larga. Se calcula que la demora para acceder, con una perforación que permita extraerlos, demorará entre 3 y 4 meses.
Este hecho constituye una noticia en sí pero lo más notable es la actitud que tuvieron los familiares de los mineros sepultados. Nunca faltó la esperanza entre sus seres queridos. Todos confiaban en que estarían vivos y que serían, finalmente, rescatados. También estaban ciertos de que habrían diseñado algún sistema de sobrevivencia y que los más antiguos, producto de su experiencia, actuarían como líderes. No se equivocaron. La fidelidad de los familiares es extremadamente destacable ya que, en improvisados campamentos, pernoctaron todos los días hasta que se logró el contacto, más de dos semanas después.
Por el lado de los mineros lo ocurrido no fue muy diferente. Al ser preguntados sobre sus temores, también señalaron que confiaban en que el rescate, pese a lo prolongado del tiempo, finalmente llegaría.
Muchas veces, ante el menor fracaso, algunas personas deciden abandonar el objetivo. La lección que hemos aprendido de estos mineros y de sus familias nos hace replantearnos muchas cosas a nivel profesional y personal.
Aún faltan más de 3 meses para que, si todo resulta bien, se logre concretar el rescate. Van a necesitar mucha fuerza y tesón, pero estamos ciertos que lo lograrán. Además ésta traumática experiencia ha servido para que las autoridades y legisladores revisen algunos deficitarios sistemas de control laboral y legislación del trabajo.
El precio ha sido caro pero este lamentable episodio servirá para que generaciones futuras de obreros trabajen en un entorno laboral más amigable y seguro.