Agosto 2012
Es imposible abstraerse a la fascinación de los Juegos Olímpicos Londres 2012. Independientemente si uno se interesaba en los deportes, previo a este evento, en este momento es difícil despegarse de las pantallas de televisión cuando están trasmitiendo la final de los 100 metros planos, el salto de garrocha o las pruebas de gimnasia.

¡Cuánto esfuerzo y preparación hay detrás de cada uno de esos atletas! Esto, independiente del resultado obtenido. Son años de preparación para luego, en sólo algunos días y a veces en minutos o simplemente segundos, definir un resultado.
Produce mucha alegría ver los rostros satisfechos de los triunfadores, en contraste con la pena, frustración e incluso el llanto, tanto de los derrotados como de aquellos que no cumplieron sus propias expectativas. En esto me quiero detener. Hay triunfadores absolutos, que se paran en el centro del podio a recibir la preciada medalla dorada, pero también hay otros cientos o miles de triunfadores anónimos, que venciendo muchísimas dificultades y falta de apoyo, especialmente los que provienen de países en vías de desarrollo, logran superar su mejor marca personal, algún record nacional o continental. Las olimpiadas representan una batalla contra los mejores del mundo, pero también una lucha contra uno mismo, con la superación personal.
Hay pruebas que son un equipo. Éstas necesitan un alto grado de comprensión y compañerismo. Grandes esperanzas cifradas en un excelente resultado colectivo se ven frustrados, con frecuencia, por la falla de sólo uno de los integrantes del grupo. Debe resolverse con aceptación y con el pensamiento de que esto me podría haber pasado a mí.
Podría detenerme aquí en este editorial, pero no puedo dejar de hacer una comparación con lo que es nuestra formación quirúrgica. Siempre debe ser actualizada, tanto en los conocimientos teóricos como técnicos o tecnológicos. Uno debe prepararse para estar al día y ofrecer lo mejor a nuestros paciente. Pese a ello, no siempre los resultados son los esperados y tras grandes esfuerzos algunos de nuestros paciente no pueden ser sanados, se complican o mueren.
No somos observados como las finales de los Juegos Olímpicos pero una mirada introspectiva nos debe hacer cuestionar qué tan preparados estamos en el día a día para enfrentar cada “final” que debemos ganar en los pabellones quirúrgicos para brindar a nuestros pacientes los resultados que ellos esperan.
Cada uno es su propio juez.
Mario Uribe Maturana
Editor